A nadie con dos dedos de frente �incluso con uno sólo, si me apuran� se le escapa que entre
El País y
El Mundo no hay precisamente una relación fraternal. Que los errores del uno son aprovechados por el otro para buscar su desprestigio... o sus lectores. Hoy domingo, una semana después de la
monumental pifia astrológica del primero, el director del segundo �el inmarcesible Pedro J. Ramírez� dedica
media página a contarnos la historia de la Astronomía... sin venir a cuento. No sé si es a propósito, con el pecuniario fin de hacernos ver que ellos sí, que ellos son rigurosos en cuestiones científicas a diferencia de sus vecinos de enfrente. Como siempre pasa en estos casos, toda conversión forzada y precipitada sale mal, y la extensa introducción al comentario de la investigación del 11-M basada en la vida y obra de Galileo no tiene ni pies ni cabeza, ni en lo astronómico ni en lo político. Después de leerlo un par de veces, sigo preguntándome qué tiene que ver una cosa con otra, Trashorras y los asturianos con los Medici, o el grupo Prisa con la Inquisición. Corto, pego y comento:
«Eppur si muove. En los días felices en que gozaba de la protección de la Florencia de los Medici la obsesión de Galileo era que se fabricara el mayor número de telescopios para que el mundo entero pudiera compartir sus descubrimientos astronómicos. Y cuando a uno de esos despectivos filósofos de la Universidad de Pisa que siempre rehusaron mirar por el maldito chisme por miedo a ver algo que alterara su noción preconcebida del universo le llegó la hora de la muerte, no se le ocurrió otra forma de expresar su pésame que la de desear que el finado descubriera en su camino hacia el cielo las estrellas que se había negado a contemplar desde la Tierra».
Bonita introducción. Nada que objetar salvo que está cogida por los pelos.
«Un año después de la masacre que cambió la Historia de España el estado de la cuestión sobre el 11-M se parece bastante al de la pugna que mantenían a comienzos de aquel siglo XVII la inmensa mayoría de partidarios de la ortodoxia etnocentrista, proclamada por Ptolomeo y Aristóteles, y el puñado de herejes que, siguiendo el surco abierto pocas décadas antes por el clérigo polaco Nicolás Copérnico, sostenían que el Sol y no la Tierra era el eje sobre el que giraba todo el universo».
Aquí ya Ramírez comienza a desbarrar. Para empezar, confunde �etnocentrista� con �geocentrista�. El primer término, bastante rebuscado, se aplica a la �tendencia emocional que hace de la cultura propia el criterio exclusivo para interpretar otros grupos...� Adolf Hitler era etnocentrista. Ptolomeo y Aristóteles, por fortuna, no. Fueron sabios imprescindibles de la antigüedad. Un detalle más: el Sol y la Tierra no pueden ser ejes. En todo caso, como esferas, centros de algo. Del Universo en este caso.
«Mientras los primeros, arropados por el poder fáctico de la Iglesia, mantenían una idea cerrada del mundo en la que el remedio final para cualquier inoportuna incongruencia era la apelación a las Sagradas Escrituras -Jehová había ordenado que se detuviera el Sol para que Josué pudiera dar cumplida cuenta de los enemigos de Israel-, la minoría disidente admitía que no entendía por qué pasaban muchas cosas, pero subrayaba que sólo podían pasar si era la Tierra la que se movía. Por ejemplo, las mareas, las estaciones o las fases de la Luna».
Buf. Sigue Ramírez con su perorata seudocientífica. El principal argumento para colocar al Sol, y no a la Tierra, en el centro del Universo, siempre fue el
movimiento planetario. Explicar porqué Venus, por ejemplo, y sobre todo Marte, se movían de forma tan peculiar, incluso a veces retrocediendo. Este movimiento fue lo que llevó a los
cuatro grandes �los hombros de los gigantes sobre los cuales más tarde Newton se apoyaría� a sus conclusiones: Copérnico, Tycho Brahe -éste parcialmente-, Kepler y el mentado Galileo. Las mareas se explican por la atracción gravitatoria combinada del Sol y la Luna. Las estaciones por la inclinación del eje terrestre. Las fases de la Luna, precisamente, por el giro de este satélite alrededor de la Tierra. Ninguna de estas razones fueron ni son fundamentales para buscar una explicación
no etnocentrista...
«Frente al esquema hermético que convierte al terrorismo islámico, espoleado por la impopular política de Aznar sobre Irak, en el único principio, itinerario y fin de la conspiración del 11-M, un puñado de inconformistas alegamos que, aun no sabiendo qué es lo que de verdad ocurrió, sólo una trama más compleja puede dar encaje a evidencias que no estamos dispuestos a amortizar como meras expresiones del azar. Por ejemplo, la pretensión de los asturianos de montar bombas con móviles desde 2001, el robo del coche de ETA en el callejón de Trashorras, o las múltiples vinculaciones de los implicados con la Policía, la Guardia Civil y el Reino de Marruecos».
Y después de toda la introducción metafísica, Ramírez nos espeta de repente que él es un inconformista como Galileo y, por tanto, está en la razón de sus disparatados razonamientos... Buf. Una cosa es querer explicar la Ciencia, y otra muy distinta querer vender más periódicos. Zapatero a tus zapatos (Y este consejo vale para dos personas, como es obvio).
P.S.: Por fortuna, cada día la prensa digital cobra mayor fuerza, y el mundo se está llenando de blogs fiables y bien informados. Más pronto que tarde, periódicos como El Mundo o El País podrán ser perfectamente prescindibles.