Comentario semanal para el periódico El Día de Tenerife
Escuchaba yo el otro día en un informativo las declaraciones del
honorable Pasqual Maragall. Se defendía de los ataques que, según él, querían acabar con la �mayoría catalanista� de su gobierno. Luego reflexionó �no lo hace a menudo� y añadió, para evitar equívocos, �mayoría catalanista...
y de progreso�. La manida palabra
progreso significa, simplemente, ir hacia adelante, avanzar, perfeccionar. El
president probablemente se refería a que su gobierno avanzaba más y que era más catalán que el anterior, y él mismo más honorable que los honorables precedentes. En el argot político el término progreso ya casi se limita a cuestiones tales como "desacelerar" el cobro de comisiones o taparlas mejor; reducir el número de familiares colocados en la administración pública o, simplemente, colgar medallas a aquellos que te son afines. Incluso puede ser considerado progresista
si se es muy afín de sí mismo, el ponerse uno la medalla personalmente frente al espejo sin salir de casa. En la vida real el progreso es menos complicado de entender. Antes se nos rompía un grifo. Llamábamos a un teléfono fijo, alguien apuntaba el recado y, a las dos semanas, aparecía en nuestra puerta un carpintero que nos reprochaba el haber dejado mojarse la madera. Hoy tenemos el número de móvil, no de uno, sino de cinco fontaneros, y vamos directamente a la persona adecuada. Antes oíamos por la radio una canción que nos enganchaba. Acudíamos a la tienda de discos con el nombre del artista malamente apuntado en un papel. A los dos meses y tras intensas búsquedas, la distribuidora localizaba un disco rarísimo y descatalogado, por el que la tienda nos cobraba medio sueldo. No contenía la melodía buscada, pero el autor se llamaba John, tal y como habíamos pedido. Ahora podemos descargar cualquier canción por rara que sea de forma inmediata, a un precio ínfimo. Ínfimo puede equivaler a gratis, incluso, si evitamos intermediarios. Es un progreso adecuado, el progreso. Hoy más del 50% de los jóvenes no acuden a votar. Tal vez porque los políticos los tienen en baja estima,
comparándolos con simios en sus campañas de publicidad dirigidas por amigos y familiares. El sentimiento es mutuo, parece, a juzgar por el concepto que de la política tiene la juventud. Lo curioso es que un
40% de esos jóvenes se declaran dispuestos a votar si pudieran hacerlo a través de su móvil, y casi un 20% más se lo plantearía. Parece algo complejo para un mono contestar con un SMS a la pregunta
"¿Es wapa Europa?" Quizá convendría cambiar la forma de enfocar el problema y progresar. Como en el caso del fontanero y del negocio musical, es necesario eliminar intermediarios. Así nos ahorraremos las comisiones.