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¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos? Historias de astronautas, bombas atómicas y cerebros. Por Antonio Martínez Ron, editado a través del proyecto de financiación colectiva en la plataforma Lánzanos con, según el propio libro, un 138% del objetivo conseguido. Que a estas alturas será mucho mayor.




Fruto de una iniciativa curiosa, y de mi propia curiosidad inicial, me animé a apoyar la edición de este libro, escrito por Antonio Martínez Ron, a la sazón periodista científico de contrastada calidad y especialmente popular en medios digitales. El término contraste es obligado en internet, donde tan bueno es que se extienda la divulgación sin freno, como poner freno a determinados tipos de divulgación sin ningún tipo de base… científica. Antonio colabora en distintos medios, mantiene varios blogs –yo lo conozco principalmente de la lectura de Naukas, pero tiene más- y parece un tipo muy emprendedor a la par que riguroso en estos ámbitos. El libro objeto de esta modesta reseña no es más –ni menos- que una compilación de una serie de artículos ya publicados, pero dado que yo no los conocía en su mayoría, como por la valentía de hacerlos circular en el ya desdeñado papel, me atrajo especialmente a su lectura. Y no erré.

Desde la primera página se nota que Antonio es periodista. Y desde la primera línea que no es científico. Y esto lo digo en el sentido positivo de ambos conceptos. Se explica con claridad meridiana –buen periodista- y además no aburre en ningún momento. Para este segundo objetivo rechaza de plano el uso de términos técnicos, o de ecuación o formulación matemática alguna, y lo consigue sin banalizar los contenidos, saliendo airoso en el intento. ¡Ay de aquellos empeñados en explicar la física cuántica usando como referencia el pan de molde! El contenido del libro es heterogéneo aunque, como indica en el subtítulo, se centra principalmente en historias y anécdotas relacionadas con el espacio, la guerra fría y también la neurología, campo este que parece dominar particularmente. Algunos temas son más conocidos –al menos para mí los primeros, que no dejo de leer ningún artículo de mi increíble vecino Daniel Marín-, otros que desconocía me han resultado apasionantes –como los relacionados con el mundo del cerebro- y, por último, los siempre interesantes dedicados a la física nuclear, aunque ésta es tratada desde su faceta más política y socialmente desagradable. Dentro de ellos, me ha tocado la fibra especialmente el dedicado a los experimentos españoles bajo los Pirineos, cuya lectura me ha hecho recordar con cariño los ya lejanos tiempos universitarios (*)

Resumiendo para no aburrir al personal que pueda leerme ni engordar más allá de lo justo el orgullo del propio autor –que por otra parte ha de sentirse merecidamente orgulloso por el trabajo que ha realizado-, un libro que enseña, entretiene y nos deja contentos hasta la semana que viene. Como el de Petete, pero sin Pedro Ruiz, así que no podemos pedir nada mejor.

(*) Antonio recuerda en su historia “Hay gente en el túnel” el comienzo de los experimentos de física atómica y nuclear en el túnel del “canfranero”, nombre popular que los aragoneses damos al tren que unía Francia y España bajo los Pirineos, y cuyo cierre supuso una oportunidad única para este tipo de investigaciones auspiciadas por la Universidad de Zaragoza. En aquellos años (1985-86) yo estudiaba físicas en la universidad de mi ciudad natal, y tanto el añorado profesor Ángel Morales como el inolvidable profesor Núñez-Lagos solicitaron la ayuda de los estudiantes para colaborar en las tareas del incipiente laboratorio. Lo que en clase se denominaba “búsqueda de la desintegración doble-beta del neutrino” se traducía en las profundidades de la montaña oscense en la ingrata colocación de ladrillos de plomo, cual operarios en la mina. Pero no faltaron voluntarios entre mis compañeros para la tarea (yo no fui, y eso que me perdí). Más tarde vinieron las suspicacias locales, mencionadas en la narración, así como la vergonzosa publicación en un medio informativo de un artículo alarmista que poco menos llamaba a la rebelión contra quienes supuestamente podían hundir el túnel bajo un hongo nuclear. De forma colectiva se hizo llegar al periódico –por parte de los alumnos- un artículo aclaratorio que fue tildado por dicho medio de panfleto y a sus autores de poco más que de imprudentes niñatos. Por fortuna, este periódico –que no citaré aquí- cambió bastante con los años en lo que a política de divulgación científica se refiere.

2014-02-03 21:48 | joven | 1 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: Oscar Torres Fecha: 2014-10-17 07:27

Me gustaria saber donde puedo leerlo, me resulta muy interesante, ya que yo mismo me hago nombrar Astronauta.



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