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> Qué me llevó a escribir «El Templo del Cielo» <

Reproduzco a continuación un texto promocional solicitado acerca de la nueva novela. Supongo que puedo parecer, a estas alturas, bastante pesadito con el tema. Pero también supongo que me comprenderán, que han pasado seis años desde El Castillo de las Estrellas y son tiempos complicados en todos los ámbitos como para dejarlo pasar.


Hay muchas novelas históricas. Muchas y muy buenas. Alguien escribió una vez -y no sin razón- que prácticamente no quedaba ya rey, súbdito o vasallo que no tuviera escrita su propia biografía novelada. Sin embargo, todavía queda mucha historia por contar. Aunque, tal vez, tengamos que buscar nuestros personajes protagonistas fuera de los escenarios habituales, alejándonos de los palacios y los castillos, de la prensa y los focos. ¿Por qué no buscar nuevas y apasionantes historias en el ámbito de la ciencia? ¿Acaso no pueden proporcionarnos también excitantes aventuras, hazañas casi inverosímiles o, simplemente, contarnos cosas nuevas que a muchos nos sorprenderían? En otras palabras, aprender y entretener. Romper el tabú de «ciencias» o «letras» tan absurdo como erróneo. Y abordar ambas tareas, a cuál de ellas más agradable para el autor. En mi anterior novela «El castillo de las estrellas» partí de esta premisa para estrenarme como novelista y, al mismo tiempo, introducir elementos de divulgación científica dentro del mundo de la ficción histórica. La vida de dos de los astrónomos fundamentales en el devenir del Renacimiento científico, Tycho Brahe y Johannes Kepler -maestro y discípulo, respectivamente- me pareció lo suficientemente atractiva como para dedicarles mi primera novela. A ello tuve que añadir un intrigante, pero igualmente histórico, elemento: la existencia de un antiguo manuscrito completamente real -cuidadosamente guardado y casi venerado en la biblioteca de una universidad estadounidense-, y cuyo significado a estas alturas del siglo XXI permanece velado a cualquier mirada. La casualidad en la época histórica -comienzos del siglo XVII- y otros factores tan extraños como inquietantes (la publicación de un, en principio, formal ensayo periodístico en el que acusaba directamente al genial Kepler del asesinato de su maestro) me empujó a ello. Otros elementos se enredaban en esta trama de forma tan casual como real: la Sociedad de Jesús, por ejemplo.

¿Debía plantearme la continuación de la historia? Decidí que sí, pero no es el orden habitual. Aunque el origen y significado del llamado «Manuscrito Voynich» sigue siendo un misterio, muchos han sido los que han estudiado -y de forma muy seria- su naturaleza. Y una de estas hipótesis históricas me llamó especialmente la atención: ¿pudo haberse escrito este extraño pergamino en el lejano Oriente? ¿Por qué no en China? ¿Y por qué no pudieron ser los propios jesuitas, por aquel entonces lanzados a la tarea de evangelizar todo el Oriente, los que trajeran y guardaran celosamente después el legajo? Bucear en la historia de las misiones orientales de los jesuitas me llevó, para mi sorpresa y fortuna, a conocer la vida y milagros (no cabe denominar sus acciones de otra forma, en mi humilde opinión) de un puñado de aventureros excepcionales que consiguieron entrar en el celosamente cerrado y aislado imperio chino en la época de la dinastía Ming. Y de sus éxitos, por otra parte increíbles. Ahí nace «El templo del Cielo». La China del siglo XVII que se describe en mi segunda novela es apasionante. Casi doscientos millones de almas sometidas a los dictados y caprichos de un emperador al que se tiene por el Hijo del Cielo. Todo lo que ocurre bajo las estrellas tiene que ser predicho e interpretado por el emperador, al que sus súbditos tienen un temor reverencial. ¿Cómo poder entrar en tan vasto y cerrado imperio para evangelizar estas almas y convertirlas al Cristianismo? Una tarea que se antojaba imposible, excepto para un puñado de locos. ¿Locos? Realmente cabe calificarlos así, ateniéndonos a su valor y su fe inquebrantable. Sin embargo, sus armas eran muy diferentes a las que, por ejemplo, estuvo a punto de utilizar Felipe II en aquellos años para aumentar su imperio asiático. Los jesuitas idearon un plan tan sutil como complicado: acceder a los más altos niveles de la burocracia china -y, desde allí, llegar al mismísimo sagrado emperador- haciendo uso de su proverbial capacidad intelectual. No en vano en Europa ha estallado ya la revolución científica. A las observaciones de Galileo se une el modelo de Kepler, y la Tierra ya no es el centro del universo, como propugnaba durante siglos la iglesia católica. Los jesuitas conocen y, en algunos casos, ya comporten el nuevo orden del cosmos y, lo que es más importante, son capaces de predecir con meridiana exactitud cómo los cielos se mueven realmente. Algo de vital importancia para el emperador, perdido en un sinfín de predicciones astrológicas erróneas. El emperador necesitaba un calendario exacto, unas predicciones certeras para mantener su autoridad sobre su empobrecido imperio. Y los jesuitas eran capaces de proporcionárselo.

«El tempo del Cielo» cuenta muchas cosas. No sólo las habilidades astronómicas de los extraordinariamente preparados misioneros jesuitas, sino también cuestiones tales –y de ahí la relación inequívoca con el citado Manuscrito Voynich- como la propia del origen de la antiquísima lengua china, la más antigua que ha pervivido hasta nuestros días. Y que, cómo no, fue motivo de profundísimos estudios por parte de los jesuitas que se encontraron -ahí es nada- con cuestiones nada baladíes como contradicciones con las intocables Sagradas Escrituras. ¿Muchos elementos para una novela? No lo creo. No hay que temer al conocimiento. Y si alguna consecuencia puede extraerse de la lectura de esta novela es ésta: los hechos reales muchas veces pueden superar a la propia imaginación. E, incluso, dando un paso más, imaginar lo que pudo haber pasado. ¿Se imaginan que los jesuitas hubieran conseguido -y a punto estuvieron de hacerlo- convertir al emperador de la China al cristianismo? ¿Cómo sería hoy el mundo?


2013-05-16 23:05 | joven | 1 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: Katie Bell Fecha: 2018-05-09 14:55

La autobiografía es proporcionada por el tema. Bio es otro autor que escribe sobre ese tema, ya sea formal o extraoficialmente. Pero según Coursework Writing Services Una novela es una historia imaginaria, incluso si se basa en actividades y registros tradicionales. Hay libros tradicionales, que pueden tener números antiguos, pero también contienen paquetes de cosas inventadas que no pueden sostenerse con la evidencia tradicional.



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